COMENTARIO DE LIBRO

Hans Joachim SCHNEIDER, Kriminologie der Gewalt, S. Hirzel Verlag Stuttgart-Leipzig, 1994, 240 páginas.

Eugenio Raúl Zaffaroni.

El Prof. Schneider, catedrático en la Universidad de Mûnster e infatigagle trabajador en el campo criminológico, presenta en este libro -con el título de Criminología de la violencia- un panorama sintético pero altamente instructivo y bien estructurado de la violencia criminal, con considerable información fáctica y bibliográfica.

La obra se divide en tres partes: 1) problemas generales; 2) problemas particulares; 3) prevención y control.

Como marco general proporciona el siguiente concepto de violencia: "violencia es el efecto físico intencional sobre el ser humano, considerado socialmente ilegal, que consiste en un daño físico, psíquico o social; violencia también es la destrucción de una cosa" (pág. 14).

Dentro de este marco conceptual, que puede ser considerado estrecho, pero cuyo acotamiento luego explicará, observa agudamente que la violencia cotidiana, esto es, en la familia, en el trabajo y en círculos de amigos y conocidos, es la más extendida y la más peligrosa. La cifra negra tiende a reducirse en razón directa a la magnitud de la violencia y a la distancia social entre víctima y victimario, por lo cual la cifra oficial registrada se acerca mucho más a la realidad en hechos muy graves y entre desconocidos y viceversa, lo que permite que la violencia cotidiana permanezca oculta.

Clasifica diez teorías que pretenden explicar la violencia: la freudiana, la etológica, la de la agresividad psicopática, la frustración-agresión, las socio-estructurales, las subculturales, la del aprendizaje, la de la socialización, la de la neutralización y la interaccionista simbólica (pág. 17).

En cuanto al desarrollo histórico afirma Schneider que la sensibilización respecto de la violencia es un proceso que debe repetir cada generación, que nuevamente debe aprender a resolver pacíficamente sus conflictos. En cuanto a la evolución de la violencia desde la segunda guerra mundial, afirma que se observó cierto crecimiento en los países centrales, pero menos marcado de lo que los medios masivos parecen indicar. Este relativo aumento lo observa más agudo en los primeros años de la posguerra, lo que atribuye a tres factores: al mal ejemplo que los estados dieron con la guerra; a la modernización de la sociedad, provocadora de frustraciones y carencias; y al crecimiento del porcentaje poblacional de gente joven como resultado de la expansión económica de posguerra (pág. 28).

Una importantísima reflexión de Schneider es que el proceso civilizatorio no está necesariamente unido a una creciente conciencia sensibilizadora frente a la violencia, aunque la aparición de grupos y organizaciones de víctimas y otros factores hayan reforzado considerablemente la misma. "Pese a esta creciente conciencia del problema, siempre permanece viva en la población la creencia en la violencia como medio de solución de conflictos, especialmente en la eficacia de la represión estatal. La República Federal (Alemana) es uno de los países de Europa más amigos de la represión" (pág. 29).

En nota observa el autor que el miedo al delito no tiene nada que ver con el cuidado racional frene a la criminalidad, puesto que se inserta como fenómeno afectivo-emocional entre los miedos nacionales a la guerra, a la desocupación, a la inflación o a la destrucción del medio ambiente. Sintetiza los modelos que han pretendido explicar este miedo abstracto a la criminalidad en tres estructuras teóricas: la de victimización (fundada en la experiencia directa o indirecta, que descarta por la insuficiencia para explicar la diferente vivencia de la víctima y de un tercero); la de la calidad de vida (desorganización y quiebra social, clima social de intranquilidad amenazante); la del pánico moral (generado por políticos, medios, justicia, etc., y orientado contra ciertos grupos marginales).

En cuanto a la criminalidad violenta de extranjeros en Alemania, recuerda que la estadística oficial señala para 1992 que del total de hechos violentos del año el 39,9% ha sido cometido presumiblemente por extranjeros, en tanto que éstos representan sólo en 7,6% de la población. No obstante, observa que esta sobrerepresentación tiene algunas explicaciones que deben tenerse en cuenta a efectos correctivos: a) una gran parte de los sospechosos extranjeros son transeúntes, no registrados en el 7,6% de la estadística oficial; b) a diferencia del resto de la población, entre los extranjeros predominal los hombres jóvenes, que son los más vulnerables a esta clase de hechos en cualquier población; c) el sistema penal (filtro penal) detecta mucho más fácilmente a los extranjeros que a los nacionales. En cuanto a teorías explicativas de la criminalidad violenta de extranjeros, las agrupa en socio-estructurales de la postergación de oportunidades, en las del "labeling" y en las del conflicto cultural.

En cuanto a la victimización de extranjeros por hechos de violencia criminal, Schneider menciona las siguientes teorías: la que considera que los autores son producto de un defecto de socialización (hogares destrozados, incapacidad de verbalización, etc.); la teoría de la privación relativa en el plano socioeconómico, al que se correspondería una frustración psíquica; la del concepto de crimen de odio, que sería una exacerbación del etnocentrismo en forma de prejuicio del que la víctima sería un objeto simbólico; la que sostiene que es el producto de una crisis de identidad producida por el proceso de unidad europea, que quiebra la anterior identidad sin haber llegado aún a construir una nueva; y la que simplemente atribuye el hecho a la discriminación y cosificación de los extranjeros (teoría de la marginación social de los extranjeros).

En cuanto a los factores biológicos de la criminalidad violenta en general, tan divulgados por los medios masivos a través de las opiniones de algunos académicos que resucitan viejísimas concepciones lombrosianas por vía de la genética, Schneider coloca las cosas en su respectivo lugar: "Se afirma en general una predisposición genética a la conducta agresiva, pero no se ha probado. Los daños cerebrales y los factores hormonales tienen -si acaso en general- sólo una débil influencia indirecta como causa de la violencia" (pág. 47). En cuanto al peso de los tóxicos, destaca la preponderante significación del alcohol (pág. 47).

En definitiva, Schneider pone el acento en la importancia de un general clima social de violencia y en nota menciona el curioso experimento de un automóvil viejo dejado en el Bronx y otro en Palo Alto, siendo el primero destruído e incendiado en pocos minutos, en tanto que el segundo permaneció intacto varios días. No menos importante es el párrafo que dedica a la interacción entre la violencia legítima y la ilegítima y su mención de la teoría de la "brutalización", que explica el crecimiento de la violencia en sociedades con alta violencia represiva y el aumento de los homicidios en la posguerra europea (pág. 51).

No sería posible detenernos aquí en todos los problemas especiales de la violencia que Schneider considera en la segunda parte de su libro (págs. 57 a 200), donde se ocupa de temas tan cercanos como la violencia en los medios, los homicidios, la violación, la violencia institucional, familiar, deportiva, juvenil, tumultuaria, terrorista y el suicidio. La simple mención de esta amplia temática y la extraordinaria capacidad de síntesis del autor nos pone en la pista de la importancia de la obra.

La tercera y última parte de la misma (págs. 203 a 225) está dedicada a la evitación y al control de la violencia. Como recomendaciones para todos los niveles sociales, Schneider propone partir del concepto orientador reducido que proporcionó al comienzo (identificación de violencia con fuerza física) y eliminar cualquier ampliaciòn o espiritualización, porque produciría vaguedad y conduciría a su extensión. Creemos que esto obedece a la frecuente asimilación de la violencia física con otras formas de violencia social (marginación, diferentes injusticias sociales, etc.), que llevan a la justificación de la violencia física.

Sobre este concepto limitado, el autor recomienda integridad en cuanto a orientación de valores pacíficos por parte del estado y de sus representantes, el reforzamiento de la figura de los políticos y de otras personas que cumplen roles simbólicos, la comunicación permanente de los políticos con los ciudadanos, etc. En síntesis, creemos que estas recomendaciones son sanos criterios republicanos que frecuentemente vemos negar a los políticos oportunistas y clientelistas, que, obviamente, no son sólo latinoamericanos. El monopolio estatal de la violencia, si bien debe tender a reforzarse, no debe ser manejado arbitrariamente, sino sólo conforme al principio de "última ratio", esto es, cuando fracasen los restantes medios no violentos de solución de los conflictos. "Se debe evitar -precisa Schneider- cualquier sobrevaloración del control violento por medio de la policía, los jueces y la ejecución penal" (pág. 204). La investigación criminológica considera que debe detenerse preferentemente sobre la violencia cotidiana, hasta volverla visible.

No menos interesantes son las recomendaciones de Schneider sobre los medios masivos. Si bien no las podemos transcribir "in extenso", lo cierto es que aconseja la reducción de la proyección de violencia y, sobre todo, de la proyección de la solución violenta de conflictos como preferencial. En la primera parte del trabajo había destacado la sobrevaloración de la solución punitiva (violenta) del conflicto como generadora de uncírculo que, a través de los políticos, influye en la legislación penal en forma negativa.

El último capítulo, de recomendaciones para el ámbito de lo social, contiene indicaciones para la familia, las instituciones, los deportes, la evitación y control de la violencia colectiva y la protección, ayuda y tratamiento a las víctimas.

En general, puede considerarse que el presente libro es una suerte de manual indispensable para cualquier programador de política criminal y especialmente para los operadores políticos, que frecuentemente ignoran estas realidades, en homenaje al clientelismo y a la publicidad internacional de la eficacia milagrosa del sistema penal.